NEGARLE LA COMUNIÓN A LOS PECADORES

11 abril 2009

Sufro cuando veo que se le niega la comunión a personas divorciadas. Quizá no tengan más pecados de los que tengo yo, y sin embargo el sacerdote (obedeciendo las circulares que envía el obispo) le niega el cuerpo de Cristo argumentando que estas personas no son dignas de recibirlo. ¡Qué curioso! Cristo se entregó por TODOS, pero sobre todo por los más pecadores. Sin embargo en la iglesia se trasmite el mensaje de que Dios es un bocado demasiado exquisito que no puede ir a parar a los pecadores. No se convida a los pecadores porque no son dignos de recibirlo. ¿Eran dignos todos aquellos que escucharon de la boca de Jesús aquello de “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”?

En el evangelio encuentro muchísimos motivos para pensar que Dios sí quiere entrar en los pecadores (y no olvidemos que la comunión es Dios):

  • Cristo, durante su predicación, iba a comer voluntariamente a la casa de los pecadores, se acercaba a ellos, incurría en escándalos e incluso impurezas con tal de “entrar” en los pecadores.
  • Cristo, al instituir la eucaristía dijo “Haced esto en memoria mía”. ¿Y qué es lo que hizo? Darle la comunión a un pecador: Judas, que ya tenía planificado entregar a Jesús (Mc 14, 10-11). (No es creíble que Judas se retirara de la cena antes de la institución de la eucaristía porque los evangelistas Mateo, Lucas y Marcos no dicen nada de ello. Dichos evangelistas emplean la palabra TODOS (“tomad y comed TODOS de él…”) y habría sido imperdonable omitir un detalle tan sumamente esencial si Judas se hubiera retirado habiendo dicho antes que allí estaban todos. En el evangelio de Juan no aparece la institución de la eucaristía, por eso no se puede deducir si fue antes o después el momento en el que Judas se fue.)

En definitiva, si Cristo entregó su vida por esa pobre divorciada despreciada y abandonada por su marido que intenta recomponer su vida con otra persona y que acude a comulgar porque quiere la ayuda de Dios ¿quién soy yo para juzgarla? (Lc 6, 37) Y, aunque la juzgara culpable, ¿quién soy yo para negarle un sacramento mientras “Dios hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45)?

Hay curas que se amparan en el siguiente texto de San Pablo. Yo no creo que se pueda aplicar en estos casos:

“Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa.

Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo.” (1 Corintios 11, 27-29)

El resto de dicho capítulo 11 habla de asuntos que no se pueden extrapolar a todas las situaciones. Se habla en él del tema de si las mujeres deben llevar o no el pelo largo, de si los hombres se deben cubrir la cabeza, de que quien tenga hambre que coma en su casa lo que quiera antes de ir a celebrar la Cena con el resto de la comunidad cristiana (lo que iría en contra del actual mandato eclesiástico de abstenerse totalmente de comer una hora antes de la misa).

No pretendo por tanto que extrapolemos a nuestra situación actual los mandatos de las cartas de San Pablo. Van dirigidos a comunidades cristianas concretas y siguen siendo interesantes y esclarecedores para nosotros. Se debe reflexionar y aprender con las cartas de San Pablo, pero no se deben equiparar a los mandatos de Jesucristo, que sí van dirigidos a todos los cristianos de todos los siglos venideros.

Además no queda claro a qué se refiere San Pablo con lo de comer o beber indignamente. No parece referirse a que lo digno sea estar libre de pecado en ese momento sino a no distinguir de qué se trata o a comer cada uno lo suyo en esas celebraciones dejando a otros pasar hambre. En cualquier caso, que cada uno lea el capítulo 11 de San Pablo y reflexione si no estará la iglesia exagerándolo hasta el punto de enfrentarse al mensaje de caridad de los evangelios.