¿EL CATECISMO AUTORIZA LA EUTANASIA?

17 abril 2009

En 1992 Juan Pablo II terminó un trabajo de bastantes años: completar un catecismo que agrupaba en un solo libro toda la doctrina católica. Hasta entonces los catequistas y sacerdotes se encontraban con dudas continuamente: al leer los Evangelios parecían entender una cosa, pero la tradición católica a veces interpretaba otra cosa, o incluso en distintas partes del mundo la iglesia católica decía cosas opuestas. Había que unificarlo todo.

A mí no me gusta este catecismo, porque se empeña en clasificarlo y etiquetarlo todo. En los evangelios me parece entender que Jesús está harto de lo complicadas que se hacían las cosas en el judaísmo, perdiéndose en superficialidades y olvidando lo esencial (el amor desinteresado). Jesús intenta simplificarlo todo. Todas sus enseñanzas, ejemplos y su propia vida están destinados a que veamos cómo es ese amor del que nos habla y que resume todo su mensaje.

En el catecismo veo lo contrario: un desglose en miles de mandamientos, obligaciones y prohibiciones intentando abarcar todos los casos posibles. Se supone que a partir de ahora en cualquier parte del mundo cuando a un cura o catequista se le pregunte por un asunto complicado, no debe dar su propia opinión sino remitirse a lo que dice este catecismo. En casa de mis padres, en Murcia, lo tengo en mi estantería porque lo compré en 1992. El otro día me lo descargué de internet, y así resulta más práctico para hacer consultas.

Pienso que en la realidad los problemas suelen ser más complejos y uno tiene que estar preparado para tomar sus propias decisiones, sin que siempre todo se pueda encasillar en alguno de los párrafos que aparecen en el catecismo.

Una ventaja del catecismo es que si haces lo que ahí se dice nadie en la iglesia católica te podrá decir que estás actuando mal (aunque en mi opinión también tienes que hacer caso a tu conciencia).

Un día, andando por Cabecicos, mi cuñada enfermera sacó el tema de la eutanasia. Me imagino que cuando se vive tan de cerca el dolor y el sufrimiento terminal se perciben de manera distinta los límites entre el asesinato y la obra de caridad.

Casi todo lo que se oye decir últimamente a la Iglesia Católica es que colaborar en una eutanasia es un crimen tremendo. Sin embargo, pego a continuación el capítulo entero que habla sobre la eutanasia. He subrayado especialmente el párrafo 2278 porque no parece encajar en lo que tanto se repite en los medios de comunicación como postura oficial de la Iglesia.

La eutanasia

2276 Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.

 

2277 Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente reprobable.

 

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de proscribir y excluir siempre.

 

2278 La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítimo. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el "encarnizamiento terapéutico". Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.

 

2279 Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden legítimamente ser interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es buscada, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.